El judío asió aterrado las rodillas de Wadah y unió sollozando su rostro á la alfombra.

—Sí, dijiste que Djeouar y el wisir entraron en el aposento de Noemi... ¿quién era esa mujer? preguntó temblorosa Wadah.

El judío hizo un esfuerzo penoso, se incorporó, y dijo con voz lenta y lúgubre:

—Esa mujer era tu madre; Djeouar era mi hermano; el wisir Aben-Sal-Chem el enemigo de nuestra raza.

La sultana palideció al oir aquella inesperada respuesta; su corazon se estremeció, sus rodillas se doblaron, cayó sin fuerzas sobre el divan, y dos lágrimas arrancadas por la emocion, al par dulces y amargas, brotaron de sus ojos, que hasta entonces sólo habian mostrado el fuego de un amor ardiente, ó la expresion de una soberbia ó de un furor sin límites. Tal vez ella en su existencia de lucha y de odio, habia adormecido en el fondo de su alma aquel sentimiento; tal vez, acostumbrada á la soledad y al aislamiento, habia reconcentrado en sí misma sus afecciones; pero al fin el amor inmenso que llena el corazon de las madres; esa voz de la naturaleza, sin la cual la especie humana seria una raza de fieras, se reveló en ella con la vehemencia peculiar á todas sus pasiones. Con la rapidez inherente al pensamiento, retrocedió al pasado, creyó ver á su madre hermosa y desgraciada, separada de su hija, tendiendo hácia ella sus brazos, y sufriendo con su ausencia como ella sufria cuando estaba separada del príncipe Juzef A'bd-Allah. Sólo una madre sabe cuanto puede amar y sufrir una madre.

Por eso dos lágrimas solas y ardientes habian brotado de sus ojos; lágrimas que se evaporaron al rodar por sus ardientes mejillas, enrojecidas por la influencia de encontradas pasiones; un deseo en Wadah era una exigencia; una exigencia contrariada producia en ella el terrible furor á que con tanta frecuencia se entregaba.

—¿Dónde está mi madre? gritó encarándose con el judío, cuya situacion respecto á Wadah se hacia cada vez más difícil.

Absalon se anonadó; el grito y el ademan de Wadah eran tan imponentes como los de una pantera que busca al hijuelo que le han robado.

—¿Dónde está mi madre? ¿Qué ha sido de ella? repitió con acento terrible Wadah. ¡Su historia! ¿Lo oyes? ¡Quiero saber su historia!

El judío se abandonó sin esperanza á su destino; sus ojos volvieron á rodar con la expresion del insensato; un sordo gemido salió de sus labios, cayó sobre el divan, cerró los ojos, y su voz volvió á elevarse como un canto lúgubre, perdido, emanado de la tumba. Parecia que un poder superior dominaba aquella extraña situacion.