Sus arcadas son tan ligeras, que parece que ha de hacerlas mover la brisa; sus columnas son tallos de azucenas en búcaros de nacar.
Sus estanques son espejos de Dios, y cada uno de sus jardines parecen el chal de una hurí.
¿Qué hombre podrá realizar tanta maravilla?
Ya no estraño que el rey Aben-Habuz se volviese loco al ver tanto prodigio.
—Tú realizarás esta obra admirable, poderoso sultan Nazar, dijo el astrólogo.
—Yo he construido en mi Granada cien mezquitas y doscientos algibes, dijo el rey: yo he abierto á la ciencia multitud de escuelas: yo he rodeado el recinto de muros que orlan mil y treinta torres y treinta mil almenas: yo he invertido ciertamente en todas esas obras grandes tesoros: ¿pero qué tesoros bastarian para construir este alcázar, maravilla de las maravillas?
—El palacio en que vives no es digno de tu grandeza.
—Sea feliz y próspero mi pueblo, que yo tengo bastante con una torre para morar y una piel de tigre para reclinar mi cabeza, como el viejo rey Abu-Mozni-el-Zeirita.
—Tú amas á mi hija.
Calló el rey.