Nublóse el atezado rostro de todos aquellos bravíos guerreros.

—Mi estandarte real no puede ir delante de vosotros, añadió el rey Nazar.

—¿Y cómo hemos de pasar las fronteras cristianas y embestir las riberas de Africa, tienes asentadas paces con los emires moros y los reyes cristianos? dijo uno de los caballeros.

—Yo no puedo permitiros la guerra: pero vosotros podeis hacer una sola algarada[32].

Volvió á brillar la alegría en el rostro de los caballeros.

—¿Una algarada á todo trance, señor? dijo el mismo anciano.

—Sí, respondió el rey.

—¿A la redonda en las fronteras del reino?

—Sí.

—¿Y contra las riberas de Africa?