—Las lágrimas han hervido en mi corazon y se han secado, respondió aquella muger.
El jóven se levantó, se acercó á la dama, la tomó una mano que ella no retiró.
—¿Por qué quieres engañarme? la dijo con dulzura; en el momento en que abrí los ojos me aterró esta desolacion; el luto que te cubre, el que reviste estas paredes: creí haber cerrado los ojos á la vida; que el puente de Sirat[5] que todos hemos de pasar, se habia abierto para mí, y que me encontraba en las regiones de la eterna sombra: ¡y luego ese buho!
—Ese buho es mi compañero.
—Ese buho ha revolado tres veces en derredor de mi cabeza cuando me encontraba junto al remanso del rio.
—El desdichado sale de noche, vuela, se pierde entre las espesuras, asusta á los murciélagos y se vuelve á dormir.
—Ese buho se precipitó en la casa blanca que está al otro lado del remanso, entre los cipreses.
—En esa casa le conocen y le aman.
—Tras ese buho entró en esa casa por un ajimez una flecha mia.
—¡Hé aquí la maldad humana! ¡el hombre destruye por el placer de destruir! ¿Qué daño le habia hecho ese pobre pájaro?