El rey llegó al fin acompañado por los xeques[37] de las tribus, y de los principales walíes, á una magnífica tienda alrededor de la cual habia amontonado un botin inmenso.
—Hé ahí poderoso y magnífico señor, dijo el mas anciano de los xeques, señalándole los despojos amontonados, la quinta parte de nuestra presa que te corresponde como emir y sultan de los creyentes.
Y empezó á poner de manifiesto la presa.
Consistia esta en dinero, en oro y plata, en cálices, copones, viriles, cruces, ornamentos y otros objetos sagrados robados á las iglesias, y por último, en una multitud de armas y de alhajas de uso particular.
—Buena grangería habeis hecho, dijo el rey.
—Nos ha costado en cambio mucha sangre, señor.
—Si los cristianos se dejasen entrar á saco sin resistencia, las algaras serian el mejor entretenimiento del mundo: todo tiene su precio: la presa de las algaras se paga.
—Allá quedan sobre la sangrienta frontera centenares de muslimes y millares de infieles.
—Pero no es esto lo que os he pedido.
—Espera, espera, señor; dentro de la tienda está la presa que han hecho los que han pasado á Africa.