Entró en la tienda el rey Nazar.

Estaba enteramente cubierta de telas de brocado: la mirra, el aloe y el incienso, formaban grandes montones; brillaban, dentro de cajas, diamantes y perlas y otras piedras preciosas. Veíanse en gran número pieles de leon y de tigre, y en el centro una gran caja llena de doblas marroquíes.

—Pero yo no os he pedido oro, ni perfumes, ni alhajas, ni preciosidades, dijo el rey Nazar: y ¡ay de vosotros, si solo esto habeis traido!

—Es, dijo el xeque, que entre africanos y españoles, te traemos justos y cabales los treinta mil esclavos.

—¡Los treinta mil esclavos! esclamó el rey.

—Sí, poderoso señor.

—¿Y todos fuertes y robustos?

—Sí, magnífico señor, porque hemos matado á los viejos, á los niños y á los enfermos.

—¡Treinta mil cautivos! esclamó el rey: ¡un dirahme de oro cada un dia por cada cautivo!

—¡Treinta mil dirahmes de oro cada un dia! murmuraron por lo bajo los circunstantes. ¿Y de dónde vá á sacar ese tesoro el rey Nazar?