—¡Mentí! ¡mentí! esclamó toda asustada Bekralbayda.

—Cuando te confesé mi amor, continuó impasible el rey, me dijiste, quiero ser sultana.

—¡Ah, misericordioso Dios! ¡Mentí!

—Yo te dije: en buen hora sea: Dios te ha dado en sus bondades una hermosura superior á la de las mugeres de la tierra; eres una hurí que el Altísimo ha permitido aliente en las entrañas de una muger: digna eres de ser sultana: mi esposa la sultana Wadah, ha enloquecido... está apartada de mí: tú ocuparás el lugar de la sultana Wadah, que por su locura se la puede considerar muerta.

—¡Ah, poderoso señor!

—Tú sabes que la locura de la sultana Wadah es verdad.

—La sultana Wadah es muy desdichada: la sultana Wadah llora una hija perdida.

—¡Una hija! esclamó, levantándose aterrado, trémulo, herido como por un rayo por aquella terrible revelacion, el rey Nazar. ¿Quién te ha dicho que la sultana Wadah ha perdido una hija?

—¡Qué! ¿no has perdido tú tambien tu hija, poderoso señor? esclamó aterrada por su imprudencia Bekralbayda.

—Yo no he tenido de la sultana Wadah mas que un hijo: el príncipe Juzef, contestó con voz cavernosa el rey Nazar.