—¡Mi rosa blanca! ¡la rosa de mis entrañas!
—¿Y no has escuchado mas?
—¿Y á qué puede llamar una muger la flor de sus entrañas, sino á su hija? esclamó cubriéndose de un vivísimo rubor Bekralbayda.
—Sí, sí, te has engañado, dijo el rey Nazar reprimiéndose, volviendo á la tranquila y benévola espresion de su semblante, y sentándose de nuevo en el divan: ¡la rosa blanca! esa es una manía de la sultana.
—¡Infeliz! murmuró Bekralbayda.
—La locura de la sultana Wadah me obliga á tomar otra esposa, te dije: puesto que quieres ser sultana, lo serás.
—¡Yo mentia! repitió Bekralbayda.
—Luego, continuó el rey, añadiste: no me basta ser sultana: yo quiero que me dés un alcázar tan hermoso como no le hayan visto ojos humanos: cuando me dés ese alcázar seré tuya.
—¡Ah! ¡no! ¡no!
—Yo he mandado fabricar este alcázar, una de cuyas pequeñísimas partes es la que ocupamos...