—¡Porque amo á otro! esclamó con desesperacion Bekralbayda, ¡porque mi alma está en la suya! ¡porque llevo en mis entrañas la flor de mis amores!

Y Bekralbayda se cubrió el rostro con las manos y rompió á llorar.

El rey Nazar sintió que sus ojos se arrasaban: se dominó, apartó las manos de la jóven de su rostro, y no pudiendo contenerse, inflamado de un amor inmenso, no á la muger, sino á la madre de su nieto, la atrajo á sí y la estrechó entre sus brazos esclamando conmovido:

—¡Ah! ¡hija mia! ¡hija de mi alma!

Y luego, como pesaroso de haberse dejado arrastrar de su corazon, separó de sí á Bekralbayda, compuso su semblante, recobró su impasibilidad, aunque aparente, y dijo:

—¿Amas á un hombre y eres madre?

—Tú me has llamado hija, señor; esclamó con ansiedad Bekralbayda.

—¡Yo! ¡que yo te he llamado hija! ¡no sabes que te quiero para esposa!

—¡Y serias tú, poderoso sultan de los creyentes, esposo de una muger que ama á otro hombre, que ha sido suya, y que es madre!

—Yo te amo sobre todas las cosas: no importa que ames, si morando en mi alcázar no vuelves á ver al hombre á quien amas, no importa que seas madre... porque todos creerán que ese hijo es mio: eres mi esclava.