—¡Me matarás! ¡puedes matarme! ¡pero no puedes hacer que yo olvide mi amor, que yo le ofenda! ¡no! ¡no! esclamó Bekralbayda desesperada.

—Escucha, dijo el rey: te cubriré de oro y perlas: te daré esclavas á millares: te rodearé de cuanta grandeza puede disponer un rey tan poderoso como yo.

—¡No! esclamó con energía Bekralbayda.

—No volverás á ver á ese hombre.

—Pero le guardaré su amor, mi pureza dentro de mi alma como en un santuario.

—Yo buscaré á ese hombre y le mataré.

—El querrá morir mejor que verme en tus brazos.

—Cuando nazca tu hijo te lo quitaré.

—Me volveré loca como la sultana Wadah, y llamaré en mi delirio á la flor de mis amores, pero no seré tuya.

El rey Nazar se estremeció.