—Pero pronto saldrá la luna, dijo la dama, y es necesario aprovechar la oscuridad.

Y se asió al brazo del rey.

—¿Por qué me has llamado sultana? dijo la dama.

—¿Por qué?... porque puedes y debes ser la sultana de la hermosura.

—Conócese, dijo con alguna severidad la dama, que estás acostumbrado á adular á las esclavas de tu señor.

—En alabarte no hay adulacion: el lenguaje de los hombres no puede ponderar tu hermosura.

—¿Eres tú el alcaide de los eunucos del rey Nazar? dijo creciendo en recelo la dama.

—Sí, contestó el rey sin vacilar.

—¡Es estraño! murmuró ella.

Y guardó silencio.