—¿Dónde me llevas? dijo al fin: paréceme que nos alejamos en direccion opuesta á la Colina Roja, donde el rey Nazar ha construido ese alcázar donde enamora á Bekralbayda.
—Voy á ganar la espesura por cima de los cármenes, dijo el rey, toda precaucion es poca.
—Pero este terreno es muy áspero.
—Apóyate bien en mi brazo, sultana, y si no bastare, yo te llevaré sobre mis hombros.
—¡Oh! ¡no! ¡sigamos! ¡anhelo llegar!
—¡Anhelas llegar! ¿puede un esclavo atreverse á preguntarte?
—¿Acostumbran los esclavos del rey á entrometerse en los secretos de su señor, ó es que no basta el oro que te se ha dado y necesitas mas para ser respetuoso?
—¡Oh Dios misericordioso! ¡perdona si te he ofendido, sultana!
La dama siguió andando y no contestó.
—Dime, dijo al cabo de un breve espacio de silencio: ¿el rey ama á Bekralbayda?