—¡Oh! ¡mi amor y tu hermosura! ¡Dios misericordioso! ¿y cómo podia esperar yo tanta felicidad?

—¿Qué dice este hombre? esclamó en el colmo de su terror la dama.

—¡La luna! ¡héla allí, llena y resplandeciente que se presenta en toda la plenitud de su belleza, para alumbrar á mis amores, para brillar una vez sobre mis lágrimas de alegría, como ha brillado tantas otras sobre mis lágrimas desesperadas!

—¡Ah! ¡has cambiado de voz, fingías el acento! ¡yo... yo recuerdo tu acento!.. ¿quién eres? esclamó trémula la dama.

—¿Te has engalanado para deslumbrar con tu hermosura al rey Nazar, no es verdad, luz de mis ojos? dijo el rey.

—¡Quién eres! dijo la dama con doble ansiedad.

—Y el rey Nazar sentiria romperse su corazon de gozo, de felicidad, aunque solo te hubieras presentado ante él, con tu hermosa crencha negra suelta, y suelta tu túnica de luto, alma de mi vida, mi infortunada, mi hermosa, mi sultana, Leila-Radhyah.

La dama dió un grito de sorpresa, de angustia, de ansiedad, y arrancó la toca de sobre el semblante del rey en que reflejó de lleno la luz de la luna.

—¡Ah!.. ¡ah!.. ¡Dios poderoso!.. ¡Nazar!

Esclamó y se desmayó entre los brazos del rey.