Y Leila-Radhyah se abrió con una mano trémula de impaciencia la túnica interior y mostró al rey las señales de tres anchas puñaladas.
—¡Oh! ¡qué horror!.. y... ¿quién fué? preguntó con acento cobarde el rey...
—¡Ella, ella, la hechicera, la maldita!.. contestó Leila-Radhyah.
—¡Wadah! murmuró el rey.
—¡Sí, sí, Wadah, esa terrible hechicera sedienta de sangre! ¿Y sabes tú para qué me he puesto yo estas ropas, estas joyas, esta diadema?..
—¡Oh! ¡no!
—Para impedir un nuevo crímen.
—¡Un nuevo crímen!
—Sí: para impedir que se lleve á cabo una venganza horrorosa: para impedir que Wadah asesine á Bekralbayda.
El rey se alzó pálido, terrible.