—¡El rey! esclamó el que les habia salido al encuentro.
—Y se inclinó profundamente.
—Levántate y llévame á donde llevarias á esta dama si la hubiera traido el alcaide.
—¡Señor! murmuró aterrado el moro.
—Levántate y guia, añadió con acento de amenaza el rey.
El moro se levantó, se encaminó al vestíbulo, torció á la derecha, abrió un pequeño postigo y entró por él.
—Esto está oscuro, dijo el rey.
—Así me han mandado tenerlo, señor.
—Busca una luz...
El moro obedeció, y volvió con una lámpara de los guardas.