Subieron por unas escaleras, atravesaron una galería y entraron en un precioso retrete.

—Cierra esa puerta, dijo el rey al moro.

El moro cerró.

—Descúbrete, le dijo el rey Nazar.

El moro echó atrás la capucha de su albornoz con la que hasta entonces habia tenido cubierta la cabeza.

—¡Ah! ¡eres mi walí Aliathar! ¡mi bravo africano! ¡el walí de la guarda de este alcázar en quien yo depositaba mi entera confianza! ¡y te has atrevido á hacerme traicion!

El walí cayó de rodillas.

—No quiero saber el precio en que me has vendido: solo quiero que obres como si no me hubieras encontrado, y te perdono.

—¡Ah, poderoso señor!

—Que nadie sepa que yo estoy aquí.