—¡Oh! ¡rey, rey mio! esclamó Radhyah exhalando estas palabras entre un suspiro.

Hubo un momento de silencio.

—¡Oh! ¡qué feliz, qué feliz soy!.. ¡la felicidad que siento, me comprime el corazon, me mata!.. esclamó Leila-Radhyah: ¡oh! ¡mi Nazar! ¡oh! ¡mi alma!

—Tu amor ha consagrado este alcázar, luz de mis ojos: esclamó el rey mirando con delicia á la princesa africana: ¡oh! ¿por qué tenemos mas en qué pensar que en nuestro amor?

—Oye, rey mio... ¿no es verdad que yo para tí no soy sultana ni esclava? ¿no es verdad que no soy para tí mas que Leila-Radhyah?

Al-Hhamar la estrechó entre sus brazos.

—Para esa infame hechicera, para esa Wadah fatal, justicia: para tí, mi noble mártir, mi amor, mi vida, mi alcázar y mi corona.

—Y para tí mi alma, esclamó Leila-Radhyah exhalando toda su alma en una divina sonrisa.

Callaron entrambos dominados por su amor, porque un amor que, comprimido, desgarrado, cubierto de luto y de dolores durante diez y siete años, estallaba al fin inmenso.

—Oye, dijo Leila-Radhyah: quiero contarte mi historia.