—¡Tu historia! ¡una historia de desdichas!
—No, porque ha habido dos nobles y generosos hombres que me han protegido, que se han consagrado á mí: mi historia es muy sencilla y muy breve.
—¡Oh! te escucho: tu voz es para mí tan dulce y tan amada como puede serlo la voz de los arcángeles al Señor.
—¿Te acuerdas del dia en que nos conocimos?
—¡Oh! esclamó el rey Nazar.
—Nos rodeaba el horror del combate: estaba yo cercada de cadáveres despedazados: los cristianos que me habian robado en la frontera cuando me dirigia á Córdoba, que habian muerto al wacir que me acompañaba, á mis doncellas, á mis esclavos, habian sido muertos á su vez por tus soldados y yo lloraba desolada porque me veia cautiva cuando empezaba mi juventud: ¿te acuerdas?... apenas tenia doce años, y ya era una muger: ya mi corazon languidecia de amor.
—¡Hija de Africa, alentada por el viento del desierto! esclamó con entusiasmo Al-Hhamar: ¡oh! ¡y qué hermosa eras ya! pero ahora eres mas hermosa: yo nunca hubiera creido que ojos de muger pudieran brillar tanto, arder tanto, exhalar tanta dulzura... ¡oh! entonces eras una hermosa doncella... que llorabas... ahora eres un arcángel de fuego...
—Pero el dolor ha enflaquecido mi cuerpo y empalidecido mis megillas.
—¡Oh, Dios mio! y si la felicidad, si mi amor te embelesan, dime... ¿quién tendrá vida bastante fuerte para resistir tu hermosura, cuando en estos momentos tu hermosura mata?
—¿Y si eso fuese, si yo llegase á ser tan hermosa, tan resplandeciente como una hurí del Señor, no creerias mi hermoso, mi valiente Nazar, que el Altísimo empezaba á recompensarte sobre la tierra? Pero es que tu amor me embellece á tus ojos: hace diez y ocho años... ¡oh! ¡entonces si que era hermosa!.. pero tú entonces eras mas hermoso que yo... me acuerdo, ¡oh! me acuerdo como si hoy mismo me estuviera sucediendo, que vi de repente junto á mí un jóven caballero en una yegua ensangrentada hasta el petral de acero: me acuerdo que cuando vi fija en mi mirada la mirada absorta de aquel mancebo, sentí inundada mi alma de una alegría, de una felicidad inmensas; lo olvidé todo: que me encontraba sola, esclava en tierra estraña. Y ¿te acuerdas, Nazar, rey mio, con cuánta alegría me arrojé en tus brazos cuando tú me dijiste yo te amo? ¿te acuerdas de ese tiempo de amor en que fuí toda tuya en cuerpo y en alma, sintiendo no tener mas vida para consagrártela, para confundirla con la tuya? ¡oh! ¡y cuánto te amé desde el punto en que te ví! ¡oh! ¡cuánto he llorado, sufrido, odiado, deseado y maldecido desde el momento en que te perdí!... ¡oh! ¡cuán dichosa, cuán llena de insensata alegría, cuán enamorada, cuán transportada al cielo, ahora que te veo, que te hablo, que eres mio, mio para no volverte á separar de mí! porque ahora... tú eres poderoso, Nazar, tú eres un gran rey, tú amas á tu Leila-Radhyah y no habrá poder humano que pueda separarme ya de tí.