—Allah te guarde y te recompense, me dijo, si te dignares escucharme.

—¿Y qué tendrás tú que decirme? le respondí con despego.

—Estás triste y lloras, repuso.

—¿Y qué te importa eso? repliqué.

—Yo tambien estoy triste y lloro.

—Déjame seguir en paz mi camino, le dije con enfado.

—Una misma persona causa nuestra tristeza y nuestro llanto, añadió: la hechicera, la maga, la esposa de Al-Hhamar.

Cuando esto me dijo, ya le escuché de buen grado, y si entonces se hubiera separado de mí, yo le hubiera detenido.

—¿Y qué tienes tú que ver con Wadah? le dije.

—No es este sitio para hablar de esas cosas. Viene contigo esa esclava. Pero si quieres ayudarme y que yo te ayude contra esa muger, espérame esta noche.