—Pero esa muger es terrible y sanguinaria.
—No importa: llévate tu hija; yo me quedo aquí.
En vano el Bokarí pretendió convencerme: yo no podia separarme del lugar en que, aunque sin verte, estaba próxima á tí.
Al fin cansado de la inutilidad de sus esfuerzos, y viendo que la noche avanzaba, el Bokarí salió.
—Deja abierto el postigo, me dijo, hasta el amanecer.
—¿Y á qué propósito?
—Déjale abierto, sultana, porque yo quiero velar por tí.
No se qué estraña confianza me inspiraba aquel hombre, que cedí y dejé abierto el postigo.
Cuando entré en mi aposento me aterré: Wadah desmelenada, pálida, desceñida la túnica, buscaba por todas partes en mi aposento y rugia y lloraba.
Al verme se abalanzó á mí como una leona.