—¡Dáme mi rosa blanca, miserable! ¡dámela! gritó.
—¡Tu rosa blanca! esclamé, ¡tu hija!
—¡Sí! ¡mi hija! ¡dáme á mi hija que me has robado! gritó.
—Dáme tú mi Al-Hhamar, repuse.
—¡Qué! ¿no me darás mi hija, ladrona? esclamó Wadah palideciendo.
—¡Tu hija! ¡tu hija! esclamé, saboreando aquella venganza inesperada que me habia procurado el Bokarí: ya no volverás á ver á tu hija, hechicera.
—¡Ah! ¡ni tú volverás á ver el sol! gritó.
Luego sentí tres golpes terribles sobre el pecho; despues nada: una densa niebla habia cubierto mis ojos; mi cabeza se habia hecho pesada, como de plomo.
Cuando volví en mí me encontré en una habitacion humilde, pero limpia y alegre.
Un hombre estaba á mi lado contemplándome con interés.