Era el Bokarí.

—¡Ah! ¡Dios sea loado! esclamó: creí que no volverias á la vida, sultana.

Quise hablar, pero me hizo señal de que callase, y él mismo guardó silencio.

Algunos dias despues, como yo le preguntase por qué razon estaba en su poder me contestó.

—Yo quise que dejaras abierto el postigo para protegerte: poco despues oí los gritos de Wadah y los tuyos; me precipité en tu socorro, pero llegué tarde. Wadah habia desaparecido, y tú estabas por tierra ensangrentada y sin sentido. Cargué contigo; te llevé á mi barca, te restañé la sangre de la mejor manera posible, y apartándome con mi barca de aquel lugar maldito, te he traido aquí. Tenias tres puñaladas en el pecho que me hicieron temer por tu vida: pero la misericordia de Dios no ha querido que mueras.

—¡Ah! ¿y para qué quiero yo vivir?

—¿Te has olvidado de tu padre, sultana?

—Mi padre no me recibirá.

—¿Quién sabe?

—Mi padre me pedirá cuentas de mi honra.