Pasó algun tiempo.

El Bokarí iba todos los dias á los alcázares de mi padre á labrar las nuevas habitaciones.

Mi padre habia llegado á tenerle ya amor.

Atrevióse al fin un dia á decirle el Bokarí:

—¿Dónde quieres que ponga esta inscripcion que acabo de labrar?

La inscripcion á que el Bokarí se referia era mi nombre.

—¡Leila-Radhyah! esclamó mi padre demudado: ¿quién te ha dicho su nombre?

—Es el de una dama muy hermosa que yo conozco, dijo el Bokarí.

—¿Y qué edad tiene esa dama?

—Diez y siete años.