Y al mismo tiempo se habia abierto con estruendo una puerta frente á Wadah, y habia aparecido en ella Leila-Radhyah.

Wadah dió un grito horrible, dejó caer el puñal y quedó como petrificada, mirando con estupor, con espanto á Leila-Radhyah.

—¡Ella! ¡siempre ella! esclamó con voz sorda: ¡siempre su sombra ensangrentada!

—Sí, sí, yo soy que vengo á impedir un horrible crímen, dijo Leila-Radhyah con acento solemne.

Y adelantó y asió á Bekralbayda que la miraba asombrada, la levantó en sus brazos y la besó en la boca.

—¡Ah! ¡hija mia! esclamó: ¡pobre hija mia!

—¡Su hija! esclamó Wadah con asombro.

—¡Mi hija! ¡crees que es mi hija! ¡pues bien, mira! dijo Leila-Radhyah.

Y desabrochando rápidamente la túnica de Bekralbayda, la descubrió el hombro derecho y mostró á Wadah un lunar rojo que Bekralbayda tenia sobre el hombro.

—¡Mátala si te atreves! esclamó Leila-Radhyah.