—¡No! ¡no! gritó Bekralbayda ronca de terror y de desesperacion rechazando el pomo.

—¡Bebe! repitió con acento mas concentrado y terrible Wadah.

—No, gritó con toda la fuerza de su alma la jóven.

—¡Ah! ¡no quieres beber! ¡será preciso que corra otra vez sangre!

—¡Sangre! ¡piadoso Allah! ¡sangre! gritó Bekralbayda: no, no: tú no serás tan infame: yo no te hecho ningun mal.

—¡Que no me has hecho ningun mal y te ama Nazar, y por tí me desprecia, como me despreciaba por Leila-Radhyah!

Y arrastraba furiosa á la jóven que oponia una resistencia desesperada.

De repente Bekralbayda dió un grito agudísimo; uno de esos gritos que el terror arranca del alma: habia visto brillar un puñal en la mano de Wadah, la muerte en sus ojos.

Pero en aquel momento sonó una voz grave, acentuada, terrible, voz que parecia salir de la eternidad, que contuvo el brazo de Wadah y la hizo temblar.

—¡Wadah! habia pronunciado aquella voz.