—Sí, sí, pregúntale: ¿ha sido tu esclava Bekralbayda? y él te contestará: pregúntalo á los bosquecillos de la casita del remanso: pregúntalo á las fuentes, á las flores, á la noche silenciosa y oscura y ellos te dirán: nosotros hemos sido testigos de su felicidad, se aman, se aman, y Bekralbayda lleva en su seno la vida de su amor.

—¡Mientes! ¡mientes! gritó Wadah.

—¡Oh! no, no miento; y si defiendo mi vida... espera, espera algun tiempo, sultana; espera que nazca mi hijo, y mátame despues: pero no mates á mi hijo, no... mi hijo es inocente.

—Inocente era tambien mi hija y la mataron.

—¿Pero tienes las entrañas de pedernal? esclamó desesperada Bekralbayda.

—¡Tengo celos! ¡estoy loca! ¡Al-Hhamar me desprecia, y me desprecia por tí!

Y Wadah pálida, terrible, convulsa, adelantó hácia Bekralbayda.

La jóven cayó de rodillas.

—¡Perdon! esclamó: ¡perdon! yo no tengo la culpa.

—¡Bebe! esclamó Wadah con voz ronca asiendo violentamente de un brazo á Bekralbayda y presentándola el frasquito de oro.