—¡Oh! ciertamente que eres muy hermosa... solo he conocido una muger que á tu edad fuese tan hermosa como tú, y esa muger la veia en mi espejo, porque esa muger era yo... pero ella, mi rosa blanca, seria mas hermosa que tú... sí, mas hermosa... y la mataron... ¡la mataron!... yo maté á su asesino, á la infame... á la miserable Leila-Radhyah... ahora tú me robas á Al-Hhamar... ¡has matado el amor que Al-Hhamar me tenia, y morirás... morirás tambien!
—¡Oh! ¡señora! ¡yo no amo al rey! ¡te lo juro! no le amo.... el rey me aterra, me persigue, me enamora... pero yo... yo no puedo amar al rey... yo no puedo ser suya... yo he sido de su hijo... de su hijo, lo entiendes... de su hijo que está perseguido y aborrecido de su padre porque me ama.
Wadah miraba á Bekralbayda con una espresion letal.
La jóven continuó:
—Soy muy desgraciada, dijo, y poco me importaria morir... pero él me ama; él moriria si yo muriese...
—¡El! y ¿quién es él? gritó Wadah levantándose furiosa: ¿quién es el que tú amas y morirá si tú mueres?
—¡El príncipe Mohammet! esclamó con angustia Bekralbayda juntando sus manos.
—¡El príncipe! ¡el príncipe! ¡tú me engañas!
—No; no te engaño: escucha: busca al príncipe, pregúntale: pregúntale á quien ama, el te dirá: yo amo á Bekralbayda.
—¡Ah! ¡no! ¡no! ¡eso no es verdad!