—¡A tu madre! ¡á tu madre! ¡Oh! yo tenia una hija: una hija que tendria tu misma edad: y aquella miserable Leila-Radhyah la mató... la mató: yo encontré sus ropas ensangrentadas... por eso maté á esa miserable muger que se me presenta todavía á cada paso delante de los ojos, hermosa y pálida como un espectro... por eso la dí de puñaladas: pero á tí no: yo te mataré de modo que no salga fuera de tu cuerpo una sola gota de sangre... no... tú no te presentarás ante mí en mis sueños, en mis soledades, roja de los pies á la cabeza... yo soy sábia... yo conozco las yerbas que matan y las yerbas que enloquecen: mira.

Y mostró á Bekralbayda un frasquito de oro.

—¡Ah! ¿y qué es eso?... esclamó aterrada la jóven.

—Esto... esto es... mira, tú beberás esto.

—Yo... yo no beberé... no... yo resistiré... yo gritaré...

—Resistir... ¿piensas acaso que puedes resistirme?... gritarás... ¿te escuchará alguien? tú beberás...

—¡Oh Dios poderoso!

—Beberás y sentirás entorpecidos tus ojos, pesada tu cabeza... te dormirás y no despertarás... no despertarás... y yo no tendré celos, porque no se ama á los muertos, y Al-Hhamar me volverá su amor.

Bekralbayda miraba fascinada á Wadah.

Wadah se habia replegado en un ángulo del divan como una pantera, y fijaba sus ojos estraviados y escandencidos en Bekralbayda.