—¡Mientes! ¡mientes! ¡quieres salvarte! ¿qué? ¿no te he visto yo perderte en los bosquecillos con el rey?

—Pero yo no tengo la culpa...

—Escucha: en otro tiempo otra muger me disputaba los amores de Nazar... yo maté á aquella muger.

—¡Oh, Dios mio!

—Pero la maté á puñaladas y su sangre...

Wadah se detuvo.

—Yo veo su sangre corriendo siempre delante de mí como un torrente: yo me estremezco de noche y me tapo la cabeza para que no caiga sobre ella la sangre de aquella muger, la sangre de Leila-Radhyah. Yo no quiero ver mas sangre y no te mataré á puñaladas.

—¡Matarme! ¡matarme! ¡pero eso no puede ser! señora... no... yo te amaba...

—¡Que me amabas!

—Sí... como amaría á mi madre.