—Nadie puede oirte: están cerradas las puertas y los que te sirven alejados; nadie te oirá.

—¡Oh! ¡Señor, Señor de misericordia! esclamó la jóven cayendo de rodillas.

—Sí, sí, prostérnate, dijo Wadah; porque así debes estar delante de mí: delante de la esposa á quien has injuriado.

—Yo os juro que no amo al rey.

—Pero él te ama.

—Yo no puedo impedirlo.

—Pero no se ama á los muertos.

—¡Ah! ¡qué dices! ¡pero no, tú no piensas así!.. ¡tú no quieres asesinarme!.. ¿no es verdad? yo no tengo la culpa... no... yo no amo al rey... yo no he sido suya... no puedo ser suya... antes la muerte... no... no puedo ser suya.

—Te obligará.

—¡Oh! ¡no! porque si quiere violentarme, yo le diré: soy amante del príncipe Mohammet: el hijo que llevo en mis entrañas es tu nieto.