—No, dijo el rey Nazar entrando en la cámara: el príncipe Mohammet es hijo de Sobeya mi primera esposa.
—¡Nazar! ¡Nazar! ¡perdóname! ¡perdóname! esclamó Wadah, que tornó por un fenómeno del sentimiento á la razon: perdóname Nazar: yo te engañé; pero yo te amaba... estaba loca por tí... yo te encubrí mi historia, yo te oculté la existencia de la hija de mis entrañas.
—Esto ha sido un sueño, un sueño sombrío, dijo Al-Hhamar.
—¡Un sueño!
—¡Sí! yo no te he conocido Wadah: tú no has existido para mí, vete.
—¡Me arrojas, me arrojas de tí como una esclava! esclamó llorando Wadah.
—No, no te arrojo, dijo el rey Nazar: vivirás en mi alcázar, te servirán esclavos, pero no me volverás á ver.
—¡Oh! ¡no!.. ¡rechazada por mi hija, rechazada por tí... sola y desesperada!.. ¡no... no... Nazar! ¡yo no puedo vivir así!
—Yo soy la que debe desaparecer, dijo Leila Radhyah: quedaos vosotros y sed felices.
—El embajador que ha de anunciar á tu padre que eres sultana de Granada ha partido ya, dijo Nazar.