—¡Sultana de Granada tú, Leila Radhyah! esclamó en el colmo del dolor Wadah; sí, sí, sélo en buen hora, pero yo no lo veré.

Y antes de que ninguno de los que la acompañaba pudiera evitarlo ni impedirlo, apuró el contenido del pomo de oro.

—¡Qué has hecho! esclamó horrorizado el rey Nazar.

—¡Morir! contestó Wadah, arrojándose sobre el divan y cubriéndose el rostro con las manos.

—Esta es la justicia de Dios, dijo una voz sonora á la puerta de la cámara.

Era la voz de Yshac-el-Rumi que entró.

—¡Ah! vienes á tiempo, esclamó el rey: tú eres sábio, tú eres astrólogo: tú encontrarás un medio de salvar á esa desdichada.

—Mira, sultan Nazar, dijo Yshac-el-Rumi, apartando las manos de Wadah de su semblante que estaba pálido é inmóvil.

—¡Muerta! esclamó el rey Nazar.

—Sí, muerta: era necesario que fuesen vengados Leila-Radhyah y Daniel el Bokarí.