El príncipe creyó reconocerla de nuevo y la arrancó el velo.
No se habia engañado.
Era Bekralbayda, pero de luto.
A causa de la sencillez de su trage, estaba mas hermosa.
El príncipe fué á arrojarse en sus brazos.
—Detente, dijo ella, la desgracia nos separa.
—¡La desgracia! esclamó el príncipe.
—Sí; tu padre no consiente en nuestra union.
—¡Ah! esclamó el príncipe; me habia olvidado, es verdad.
—Y... ¿qué es verdad?