—Sí señor, dijo la jóven, este es el pergamino que tú escribiste la primera vez que hablaste conmigo, que cerraste y sobre el cual me mandaste escribir mi nombre.

—¿Recuerdas esta circunstancia, Yshac-el-Rumi? añadió el rey volviéndose al viejo.

—Sí señor, dijo este, tú escribiste ese pergamino y le sellaste y mandaste que pusiese sobre él su nombre á Bekralbayda, la primera vez que hablaste con ella.

—Rompe el sello de ese pergamino, Bekralbayda, desenróllale y léele en alta voz.

La jóven obedeció, desenrolló el pergamino y leyó con voz trémula lo siguiente:

«He conocido una doncella blanca de ojos negros.

Es hermosa como las huríes que el Señor promete á sus escogidos, y pura como la violeta que se esconde entre el cesped á la márgen de los arroyos.

Mi hijo primogénito, el príncipe Mohammet Abd-Allah, mi sucesor y mi compañero en el gobierno de mis reinos, la conoce tambien y la ama.

Por ella ha desobedecido mis órdenes, ha dejado abandonadas en el castillo de Alhama mi bandera y mis gentes de guerra, y se ha venido á Granada enloquecido de amor.

Yo debo castigar al príncipe y le castigaré.