El príncipe adelantó hácia Bekralbayda, dudando de sus ojos, de su razon; creyéndose entregado á un sueño.
Sin embargo, aquel no era sueño.
Llegó al fin junto á ella.
La jóven estaba al lado de una fuente.
Tenia la cabeza baja, la vista fija en el césped, y el príncipe á pesar de la luna creyó ver teñido de rubor su semblante.
—¡Alma de mi alma! esclamó el príncipe contemplándola estasiado.
—¡Alma de tu alma! esclamó Bekralbayda levantando sus lucientes ojos negros y posando su mirada sobre el príncipe: ¡alma de tu alma, yo!
—¡Oh! ¡sí! desde el dia en que te ví no aliento: desde el dia en que te ví te guardo en mi memoria, como un consuelo y como un infierno: desde el dia en que te ví, lo he olvidado todo para no pensar mas que en tí: no he vivido sino para tí: solo por tí he esperado.
—¿Y dónde me has visto, señor?
—¡Ah! ¿has olvidado, sultana, el lugar donde te he visto?