—¿Me amenaza algun peligro? dijo.
—Tú serás profanada por un hombre funesto, y tu profanacion producirá torrentes de sangre vengadora.
—¡Tú me amas! dijo con altivez Florinda.
—Mi corazon y mi alma son tuyos, dijo Kaib: mis amores no tienen esperanza: sé que amas á Belay[51], al noble Belay, y que él te ama: sé que sino te salvas caeré contigo, y que tu Belay te perderá.
—¿Pero se salvará Belay?
—El será el único príncipe godo que se salve del estrago: él será rey por la virtud de su espada: él será el primero de los salvadores del pueblo español.
—¡Oh! ¡si Belay se salva me salvaré con él!
—¡Dudas de mi ciencia y la desprecias! dijo profundamente Kaib: pues bien, cuando desesperada y loca me llames en la hora de la desgracia, me tendrás á tu lado: esa hora se acerca: ¡hasta entonces, hija de don Julian!
Y el esclavo se apartó de la balaustrada y se perdió en el interior de la habitacion.
—¡Oh! murmuró Florinda: ¿qué puedo yo temer amándome Belay, mi valiente Belay?