Y permaneció en el mirador, inundada por la luz de la luna, y resplandeciente de hermosura.


Entretanto, viniendo de Toledo avanzaba una cabalgata hácia el castillo de don Julian.

Al frente de aquella cabalgata venia el arzobispo don Oppas.

Florinda, que permanecia en el mirador, vió acercarse á aquellas gentes con un espanto instintivo.

Muy pronto resonó la voz de una vocina bajo los muros del castillo.

Entonces, Lotario, el antiguo servidor del conde don Julian á quien este habia confiado la guarda de su hija, se asomó á los adarves.

—¿Qué quereis? dijo á los que llamaban.

—Somos cazadores que nos hemos estraviado, contestó don Oppas, y esperamos de tí hospitalidad por esta noche.

—La paz del Señor sea con vosotros, contestó Lotario en un acento que por lo bravío desmentia lo amistoso de sus palabras: voy á ordenar que se os abran las puertas.