Florinda habia aparecido en la puerta de la cámara.
—Pronto el conde don Julian tendrá una injuria que vengar: pronto la puerta de aquella torre se abrirá ante un rey, añadió dirigiéndose al mirador y señalando la torre solitaria que se veia al otro lado del rio iluminada fatídicamente por la luz de la luna: al abrirse aquella funesta puerta respetada por los hombres y por los siglos, las tribus del oriente caerán sobre el occidente; afilad vuestras espadas, hijos de Witiza y vengad á vuestro padre asesinado por don Rodrigo, pero olvidad su trono, porque está escrito que la raza de los godos sea esterminada: y huid: habeis venido creyendo encontrar hombres que se vendieran á la traicion: cuando tengamos que vengar una injuria la vengaremos ó la vengarán los que nos sobrevivan, pero no será una venganza vendida la que caiga sobre el causador de la injuria.
Kaib mas que un esclavo parecia el señor del castillo.
Florinda permanecia inmóvil en la puerta.
Don Oppas miraba con cólera al esclavo.
Los hijos de Witiza con asombro.
—Hemos venido, dijo don Oppas, á pediros hospitalidad, no insultos: la voz del esclavo ha resonado insolente en nuestros oidos: sea en buena hora: habeis llamado la tempestad sobre vuestras cabezas: vuestra será la culpa si las hiere el rayo.
Kaib no contestó á don Oppas, arrojó una triste mirada sobre Florinda y murmuró con voz ronca y conmovida:
—¡Hija de don Julian, en mal hora nacida á la luz, lo que está escrito se cumplirá!
Despues añadió: