Sonaron las trompetas y la voz de Singiberto gritó:

—¡Vasallo! ¡abrid al rey!

Crugieron las cadenas del puente y don Rodrigo, don Oppas, Singiberto, y los dos nobles que llevaban las riendas de Orelia entraron en el castillo.

Poco despues arremetieron tambien por la poterna, Belay, Teodomiro y Favila.

Las demás gentes del rey rodearon el castillo.

Florinda permanecia en el mirador, siempre pálida, siempre impasible.

Pasó algun tiempo, y al cabo una sombra oscura apareció en el mirador junto á Florinda.

—Ha llegado la hora, dijo sombriamente Kaib.

Florinda se volvió á él y le contempló gravemente.

—¿La hora de qué? dijo.