—El rey don Rodrigo es tu huesped, señora.

—Y bien: que sirvan al rey; que mis manjares cubran su mesa; que el vino llene los jarros de oro; que le sirvan mis esclavos.

—Segun antigua costumbre, el señor del castillo debe servir al rey.

—Mi padre le está sirviendo en Tanja.

—Por lo mismo; en ausencia de tu padre tú estas obligada á servir al rey, repuso sombriamente Kaib.

Guardó por un momento silencio Florinda; una espresion singular pasó por sus ojos; acreció su palidez, y al fin dijo:

—Ruega al rey me perdone si le hago esperar mientras me engalanan, para servirle dignamente, mis esclavas.

Y volviendo las espaldas á Kaib, se encaminó lentamente á una puerta, por la cual desapareció.

Kaib tuvo fija en ella, mientras pudo verla, una mirada profundamente conmovida.

Luego esclamó con acento tembloroso: