—¡Es el rey don Rodrigo! ¡el último rey! ¡el último rey de los godos!

Y al mismo tiempo avanzaron hácia la puerta, pero sin pasar de ella, sombras envueltas en flotantes velos, pálidas y macilentas como cadáveres insepultos, y los ojos de todas las sombras se fijaban en el rey que estaba fascinado, y las bocas de todas las sombras le saludaban con insolentes carcajadas, y los brazos de todas las sombras se estendian hácia él.

Y sus calvas cabezas relucian, y sus monstruosos cuerpos se retorcian, y sus infernales bocas chillaban, gritaban, ahullaban, rugian, y á la vista de aquella espantosa vision la comitiva del rey huyó aterrada hasta las márgenes del rio y hasta los remotos confines del valle.

Solo quedaron, delante de la puerta de la torre, el rey con los cabellos herizados de espanto, detenido por un poder superior, y Belay, Teodomiro y Favila, á pié, envueltos en sus clámides rojas, con las espadas desnudas en las manos diestras, las siniestras sobre el corazon y el nombre de Dios en los lábios.

El rey, aterrado, trémulo, fijaba la inmóvil mirada de sus ojos en la tremenda vision; los tres príncipes sentian latir en sus venas su sangre de valientes sin miedo y sin tacha.

—¡Adentro, señor! gritó Belay adelantando con la espada en alto: ¡adelante, hermanos mios! ¡ya que hemos llegado hasta aquí, es preciso que las artes de Satanás no detengan á cuatro príncipes cristianos!

Y asió de don Rodrigo, y seguido de Teodomiro y Favila penetró en la torre.

La vision desapareció, como por ensalmo, apenas el rey y los tres príncipes pisaron el interior de la torre; apagóse la claridad lívida que antes la habia alumbrado y solo quedó el ténue reflejo de la luna.

—¡Una antorcha! gritó Belay.

Desde la márgen del rio adelantó uno de los pajes mas atrevidos, y entregó una antorcha al príncipe.