El noble godo adelantó aun mas, dentro de la torre, y la reconoció á la luz de la antorcha.

Era la torre inmensa, tétrica, bastante á imponer terror por sí sola, sin la ayuda de sus apariciones, al corazon mas valiente: formábala una bóveda circular sustentada en el centro por un gigantesco pilar; la altura de esta bóveda se perdia en la oscuridad, y sobre sus muros y en torno de la pilastra, se veian, labrados en la roca, mónstruos informes, reptiles horribles, esqueletos de gigantes; todo allí, como petrificado por un conjuro ó por una maldicion; oscuras inscripciones orlaban los muros en fajas de piedra, con letras de sangre, y sangre parecia brotar el pavimento húmedo y resbaladizo.

Belay conduciendo al rey y seguido de Teodomiro y Favila, recorrió la torre y solo se detuvo ante una especie de nicho en el cual habia un arca de hierro mohoso.

Al verla don Rodrigo, ya mas sereno por la desaparicion de las sombras, que, siempre incrédulo é impío habia juzgado un delirio de su razon, dió un grito de alegria.

—¡Abrid! ¡abrid! dijo á los príncipes: ¡allí debe encerrarse un riquísimo tesoro, ¡abrid!

Belay levantó la pesada tapa y alumbró el interior del arca.

Don Rodrigo lanzó dentro de ella una mirada codiciosa.

Pero en vez de joyas solo vió veinte y cinco coronas de hierro atadas en una cadena; su blason real roto y manchado, su espada enmohecida y su manto real hecho girones y ensangrentado.

Un libro escrito en caracteres árabes, el Korán, estaba puesto sobre la Biblia abierta y deshojada, y el verde pendon del Profeta, envolvia en sus pliegues otro objeto.

Belay sacudió la bandera y de ella, una cabeza humana cayó sobre el pavimento.