—Sí.
—¿Y por qué no me salvaste? esclamó con desesperacion Florinda.
—Estaba escrito que tú fueses sacrificada, para que el pueblo godo fuese destruido.
—¡Ah!
—Pero yo no puedo dejarte abandonada. El infame don Rodrigo arde en tus amores, su delirio por tí crece, siempre tendrá para enloquecerte un filtro, un ensalmo. La ciencia se vende al oro. Pero ven: yo te daré un amuleto que te libre de las asechanzas del rey. Ven hija de don Julian: ven.
Arrastrada por el acento solemne del esclavo, Florinda le siguió: salieron del castillo por un postigo, atravesaron el Tajo en una barca y llegaron á la torre maravillosa, apenas se habian alejado de ella el rey y sus gentes.
Kaib desnudó su puñal y tocó con el pomo en la gran puerta de hierro.
El eco despertó, como de las profundidades de un abismo, el ruido causado por la mano del hombre.
Una voz pujante como á la llegada del rey, gritó desde adentro.
—¿Quiénes sois y qué quereis?