Florinda miró con los ojos arrasados de lágrimas al esclavo.

—Yo te amo, continuó Kaib, como ama el hermano á la hermana, la madre á la hija, el dia al sol; pero Kaib no ha encontrado gracia en tus ojos, hija de don Julian; amas á un hombre que no puede ser tu esposo, y tu pureza ha sido arrebatada por un infame á quien no podias amar. Nos vemos por la última vez, Florinda.

—¡Por la última vez!

—Sí; yo moriré pronto, moriré junto á tu padre que vendrá á vengarte.

—¡Y mi padre!

—Morirá tambien.

—¡Oh! ¡Dios mio! ¿y mi pueblo?

—Será esclavo.

—¡Y todo por mí!

—¡Estaba escrito!