—Pero el destino es injusto.
—Dios te ha elegido por víctima.
—Pues bien, que se cumpla la voluntad de Dios.
Y Florinda levantó la frente radiante de magestad y de valor.
—No volveremos á vernos mas, dijo Kaib: abrázame, hija de don Julian.
Florinda se arrojó entre los brazos del nubio, como pudiera haberse arrojado entre los brazos de su padre, y lloró sobre su robusto pecho.
Kaib la besó en la cabeza sobre los cabellos y la separó de sí.
Florinda rodeó á su cuello el amuleto.
Entonces pareció que su hermosura crecia: sus ojos brillaban con un resplandor sobrenatural: la blancura de su tez se habia hecho deslumbrante: el amor volaba en torno suyo, irresistible, impregnado de ambrosía y de pureza.
Kaib sintió abrasarse su corazon en un fuego infinito y voraz: Florinda no era entonces una muger: era mas que una hurí; era un arcángel.