A su vista se agitaron los millares de mónstruos enclavados en los muros y en la pilastra, y en la bóveda de la torre, sobre sus alveolos de piedra, chocaron sus duras cabezas, y un grito de guerra retumbó inmenso en las concavidades.

Pero lentamente volvió el silencio á dominar la torre, se apagó el crepúsculo frio y nebuloso que la iluminaba, y solo quedó el reflejo de la luz de la luna que penetraba blanca y débil por la ancha arcada de la puerta, por la que salieron los jóvenes.

La puerta se cerró inmediatamente.

—He cumplido con lo que me prescribian el destino y el amor, dijo Kaib. ¡Hija de don Julian! ¡un poder superior te protege, y en vano quiere envolverte en sus alas el negro espíritu de los amores impuros!

Florinda callaba; sus ojos, fijos en la luna, estaban llenos de lágrimas.

Parecia que su vista alcanzaba á leer en la inmensidad el porvenir.

—A Dios, dijo Kaib.

—¿Cómo? ¿me abandonas aquí, sola, junto á esta terrible torre?

—Siento los pasos de un hombre que se acerca, y ese hombre te acompañará: ese hombre es Belay.

—¡Belay! esclamó Florinda alentando apenas.