Y aprovechando su sorpresa y su conmocion, Kaib se alejó.


Poco despues apareció á los rayos de la luna un hombre.

Florinda habia quedado inmóvil junto á la puerta de la torre.

Por un secreto instinto, al acercarse aquel hombre, le reconoció.

—¡Ah! ¡Belay! ¡Belay! ¿á dónde vas? le dijo.

—¡Florinda! esclamó el jóven príncipe alentando apenas al escuchar la voz de su amada.

—Sí, yo soy.

—¿Qué haces aquí?

—¿A qué vienes tú?