—Pues bien; yo habia llamado al rey.
—¡Tú!
—Sí, yo. Yo que le serví la copa de mis amores.
—¡Oh! ¡maldita seas tú, muger, que has herido de un solo golpe la honra del padre y el corazon del amante!
Y fuera de sí se volvió á la puerta de la torre, se arrojó contra ella y la golpeó con las manos.
La puerta se abrió y Belay se precipitó dentro.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Cuando salió empezaba á amanecer.
La frente de Belay se mostraba radiante de valor.
—¡Que la causa de su pérdida es Florinda! esclamó con acento profundo: ¡que su padre el conde don Julian será traidor, que los árabes vencerán á los godos, y que yo, yo, Belay, duque de Cantábria seré el primer rey de otro árbol de reyes! ¡Oh! ¡hagamos callar nuestro corazon; ahoguemos en él la voz de nuestro amor y de nuestros celos; la patria necesita nuestro brazo, y nuestro amor es todo entero de la patria!