Decia así:
«Padre: la cólera de Dios ha caido sobre nuestras cabezas.
»El destino se cumple y la muerte acecha.
»Nuestro hogar ha sido profanado.
»El infame rey don Rodrigo ha mancillado, valiéndose de malas artes, la pureza de tu hija.
»Tu Florinda está deshonrada y morirá de vergüenza.
»Padre: desnuda tu espada, desnúdala y venga á tu hija.»
Mientras el árabe leia, los ojos de Kaib se inyectaban de sangre.
Al fin esclamó con una voz semejante á un rugido y como si hubiese ignorado lo que contenia la carta.
—Mientes tú, perro infiel; es imposible que esa carta diga lo que tú supones que dice.