Al verse insultado el soberbio Muza de tal modo por un esclavo, una palidez de muerte cubrió su semblante y desnudó trasportado de cólera su puñal.

Kaib no tuvo tiempo de huir ni de defenderse; el árabe le habia herido de una puñalada.

Kaib cayó murmurando:

—Estaba escrito.

Y espiró.

—¡Oh! ¿que es esto? dijo don Julian volviendo en sí.

—Esto es, dijo Muza mostrándole la carta, tu hija deshonrada y tu esclavo muerto.

El conde don Julian arrebató el pergamino á Muza y se alejó frenético.

El emir entró en su tienda murmurando.

—Lo que no han hecho la ambicion ni el oro, lo hace la venganza, Gecira-Alandalus será esclava del Islam.